En otra ocasión, intenté saltar por encima de un pantano, pero ya en vuelo, a mitad de camino, advertí que mi cálculo había sido erróneo y que no alcanzaría la otra orilla. De inmediato, volví grupas en medio del salto y caí de nuevo en la misma orilla de la que había partido, desde la cual tomé acrecentado impulso para saltar otra vez. Nuevamente erré el cálculo, y esta vez caí en medio del pantano, en el que me hundí hasta el cuello. Sin dudas allí hubiera perecido, de no mediar la genial idea que tuve de tirar vigorosamente de mi coleta, elevando y arrancando de la muerte tanto a mi propia persona como a mi caballo, al que sujetaba con toda la fuerza de mis piernas.

Aventuras durante su cautiverio

A pesar de todo mi valor, así como de la rapidez y destreza de mi caballo, no todo fueron rosas para mí en la guerra contra los turcos. Mis desgracias llegaron hasta el punto de caer prisionero de ellos y, lo que todavía es peor, ser vendido como esclavo.

No obstante lo humillante de esta situación, no puede decirse que mi trabajo fuera inusitadamente duro, aunque sí era de lo más extraño. Todas las mañanas debía llevar al prado las abejas del Sultán, cuidarlas durante el día y, al oscurecer, conducirlas de nuevo a sus colmenas. Una tarde eché de ver que me faltaba una abeja, y muy pronto descubrí que un par de osos la habían atacado y querían destriparla para sacarle la miel. Mi única arma era un hacha de plata, símbolo que distingue a los jardineros y campesinos del Sultán. Tomando mi hacha, se la arrojé a los osos para asustarlos y obligarlos a huir. De esta manera conseguí, en efecto, espantar a los osos y salvar a la abeja bajo mi custodia, pero quiso la mala fortuna que lanzara el hacha con tanta fuerza que, muy lejos de detenerse, continuó su vuelo hasta caer nada menos que en la luna.

¿Cómo iba a recuperar mi hacha? No había ninguna escalera a mano y mucho menos una suficientemente elevada.



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