
Una mañana, desde la ventana de mi dormitorio, vi que un gran lago cercano estaba cubierto de patos silvestres. Rápidamente tomé mi escopeta y me lancé escaleras abajo, con tanta precipitación que choqué de cara contra la puerta. El golpe me hizo ver estrellas, chispas y centellas, pero no por eso perdí un instante. Pronto estuve a tiro del lago, mas en el momento de disparar percibí con desesperación que el tropezón me había hecho perder el pedernal de la escopeta. ¿Qué podía hacer yo ante tal percance? No tenía tiempo que perder. Entonces, recordé lo que me había ocurrido al bajar corriendo la escalera. Levanté la escopeta, la apunté en dirección a los patos, y me di un fuerte puñetazo en el ojo, provocando la cantidad de chispas suficiente para que el arma disparara y matase cinco parejas de patos, cuatro gansos y dos gallinetas. Esto demuestra que la presencia de ánimo es el fundamento de las grandes acciones. Así como el soldado y el marino reciben de ella inapreciables servicios, el cazador debe también agradecerle más de un buen lance.
Recuerdo que cierto día, vi nadar en un lago -a cuya orilla había llegado en uno de mis paseos- unas cuantas docenas de patos silvestres, pero desgraciadamente muy diseminados como para albergar la esperanza de cobrar más de uno por disparo. Por si eso fuera poco, me quedaba tan sólo una carga para la escopeta. Y yo necesitaba cazar unos cuantos de esos patos, pues esa noche había invitado a mi casa, a varios amigos.
Recordé entonces que aún tenía en mi bolsa un pequeño trozo de tocino. Destrencé la correa de mi perro para obtener una cuerda de longitud considerable y a su extremo até el trozo de grasa.
