Él envolvió mis manos alrededor del suave cuerno en forma de copa, pudiendo sentir el suave oro tallado bajo mis dedos. Luego presionó mis manos sobre la copa. Y yo me pregunté, ¿A dónde ha ido a parar el cuchillo blanco?

Una voz profunda que no era la voz de ningún hombre y era la de todos, me dijo…

– A donde pertenece.

El cuchillo apareció en la copa, con la punta hacia abajo, y de nuevo resplandecía como si una estrella hubiera caído en la copa de cuerno y oro.

– Bebe y sé feliz

Él se rió por el juego de palabras. Alzó la brillante copa hasta mis labios y el cálido sonido de su risa desapareció.

Bebí del cuerno y lo encontré lleno del aguamiel más dulce que alguna vez hubiera bebido, espeso como la miel, y caliente como si el calor del mismo verano se deslizara por mi lengua, acariciando mi garganta. Tragué y fue más embriagadora que cualquier otra bebida.

El poder es la más embriagadora de todas las bebidas.

CAPÍTULO 2

DESPERTÉ RODEADA POR UN CÍRCULO DE ROSTROS, EN UNA cama que no era la mía. Rostros del color de la noche más oscura, más blancos que la nieve, del pálido verde de las hojas nuevas, del dorado de la luz del sol de verano, de un marrón como el de las hojas caídas y aplastadas destinadas a formar parte de la rica tierra. Pero no había ninguna piel pálida que contuviera todos los colores de un cristal brillante, como un diamante esculpido en carne. Parpadeé hacia todos ellos, y me pregunté recordando mi sueño…

– ¿Dónde estaban las galletas?

La voz de Doyle, profunda y grave, como si llegara desde una gran distancia, dijo…

– Princesa Meredith, ¿Estás bien?

Me senté, desnuda sobre la cama con sábanas de seda negra, frías contra mi piel. La reina nos había prestado su cuarto para pasar la noche. Verdadera piel, suave y casi viva, pulsaba contra mi cadera.



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