
Su mano encontró mi brazo y acarició de arriba abajo mi piel, buscando consuelo como hacemos cuando estamos nerviosos. No le gustaba que yo lo contemplara sin decir nada. Él se había enroscado cerca de mí, y la energía de la Diosa y del Consorte en mi sueño debió haber resbalado a través de su piel. Los rostros de los quince hombres que estaban de pie en un círculo alrededor de la cama mostraban claramente que ellos también habían sentido algo.
Doyle repitió su pregunta:
– Princesa Meredith, ¿estás bien?
Miré a mi capitán de la guardia, mi amante, su rostro tan negro como la capa que yo había llevado puesta en la visión, o la piel del jabalí que había salido corriendo en la nieve y había devuelto la primavera a la tierra. Tuve que cerrar los ojos y respirar profundamente, tratando de liberarme de los últimos vestigios de la visión. Tratando de centrarme en el aquí y ahora.
Liberé mis manos del enredo de sábanas. En mi mano derecha había una copa con forma de cuerno, el antiguo cuerno dorado incrustado en una base de oro cincelada sobre la que se podían ver símbolos que pocos sidhes podrían leer ahora. En mi mano izquierda esperaba encontrar el cuchillo blanco, pero no estaba allí. Estaba vacía. La contemplé durante un momento, luego levanté el cáliz con ambas manos.
