
Alcanzamos la cima de la pequeña colina donde una losa gris y fría yacía bajo la luz naciente. El amanecer había llegado, apuntando como una herida carmesí por el cielo del Este. El sol renace con sangre, y se pone con sangre.
El jabalí ahora tenía colmillos, pequeños y curvados, pero yo no tenía miedo. Acarició mi mano con la nariz, y su hocico era más suave, y más hábil -de hecho era más parecido a un gran dedo- que cualquier otro hocico que hubiera tocado antes. Emitió un sonido simpático que me hizo sonreír. Luego cambió de dirección y bajó trotando por el otro lado de la colina, con su cola agitándose como una bandera. Allí donde sus pezuñas tocaban la tierra, ésta se teñía de verde.
Una figura encapuchada estaba a mi lado sobre la colina, pero no era la anciana Diosa invernal envuelta en su capa gris. Era una presencia masculina mucho más alta que yo, ancho de hombros, y cubierto con una capucha tan negra como el pelaje del jabalí que se hacía más diminuto en la distancia.
Me tendió las manos, y en ellas había un cuerno. El colmillo curvado de un gran jabalí. Era blanco y parecía recién arrancado, con sangre todavía adherida como si lo hubiera tomado del jabalí blanco sólo escasos momentos antes. Pero cuando me volví hacia él, el cuerno se tornó limpio y pulido, como si hubiera sido utilizado durante muchos años, como si muchas manos lo hubieran tocado. El cuerno ya no era blanco, pero sí de un intenso color ámbar que me hablaba de edad. Poco antes de tocar sus manos me percaté de que el cuerno estaba engastado sobre oro, formando una copa.
Rodeé sus manos con las mías y me percaté de que eran tan oscuras como su manto, pero sabía que éste no era mi Doyle, mi Oscuridad. Era el Consorte. Alcé la vista para mirar dentro de su capucha y por un instante pude ver la cabeza del jabalí. Entonces vi una boca humana que me sonreía. Su cara, como la cara de la Diosa, estaba oculta en las sombras. Estaba claro que el rostro de la deidad siempre sería un misterio.
