
– Mi Dios -susurró Rhys, aunque el susurro sonó extrañamente fuerte.
– Sí -dijo Doyle- eso es exactamente lo que es esto.
– ¿Qué te dijo él cuándo te dio la copa de cuerno? -Fue Abe quién preguntó. Abe con su pelo rayado con sombras de un pálido gris, gris oscuro, y negros y blancos, perfectos matices de color. Sus ojos eran unos tonos más oscuros del gris que la mayoría de los ojos humanos tenían, pero no parecían de otro mundo, no realmente. Si lo vistieras como un gótico moderno, sería un éxito en la pista de baile de cualquier club.
Sus ojos parecían extrañamente solemnes. Él había sido el borracho y el bufón de la corte durante más años de los que yo podía recordar. Pero ahora había una persona diferente mirando desde su rostro, un destello de lo que él debió haber sido una vez. Alguien que pensaba antes de hablar, alguien que tenía otras preocupaciones aparte de emborracharse tan rápido y tan a menudo como pudiera.
Abe tragó con fuerza y preguntó otra vez…
– ¿Qué dijo él?
Esta vez le contesté.
– Bebe y sé feliz.
Abe sonrió, pensativo, embargado por la tristeza.
– Eso suena como él.
– ¿Como quién? -pregunté.
– La copa solía ser mía. Mi símbolo.
Me arrastré lentamente hasta el borde de la cama y me arrodillé allí. Sostuve la copa con ambas manos y se la acerqué.
– Bebe y sé feliz, Abeloec.
Él negó con la cabeza.
– No merezco el favor del Consorte, Princesa. No merezco el favor de nadie.
De pronto supe, y no por medio de una visión, sino que simplemente y de repente tuve el conocimiento.
– No fuiste expulsado de la Corte Luminosa por seducir a la mujer equivocada como todos creen. Fuiste expulsado porque perdiste tus poderes, y una vez que ya no pudiste seguir haciendo que los cortesanos estuvieran alegres con la bebida y la juerga, Taranis te echó de una patada de la dorada Corte.
