
Negué con la cabeza, pero nunca dejé de mirarlo a los ojos.
– No te uno a mi destino, Abeloec, ni yo me uno al tuyo. Simplemente te digo, ésta es la bebida del poder que una vez fue tuya para usarla. Sé lo que una vez fuiste. No es mi presente para ofrecértelo. Esta copa pertenece al Dios, al Consorte. Él me la dio y me la ofreció para que la compartiera contigo.
– ¿Él te habló de mí?
– No, no de ti específicamente, pero me la ofreció para compartirla con otros. La Diosa me dijo que os diera a todos algo más para comer. Fruncí el ceño, insegura de cómo explicar todo lo que había visto, o había hecho. La visión siempre parece más lógica dentro de tu cabeza que cuando la cuentas.
Traté de expresar con palabras lo que sentía en mi corazón.
– El primer sorbo es tuyo, pero no el último. Bebe, y veremos lo que pasa.
– Tengo miedo -susurró él.
– Ten miedo, pero bebe, Abeloec.
– Tú no piensas mal de mí por tener miedo.
– Sólo a aquéllos que nunca han conocido el miedo se les permite pensar mal de los otros que temen. Francamente, creo que alguien que nunca ha tenido miedo de algo en toda su vida o es un mentiroso o carece de imaginación.
Esto le hizo sonreír, y luego reír, y en esa risa oí el eco del Dios. Algún resto del antiguo carácter divino de Abeloec había quedado retenido en esa copa durante siglos. Una sombra de su viejo poder había esperado y observado. Observado a alguien que pudiera encontrar su camino a través de la visión hasta una colina al filo del invierno y la primavera; al filo de la oscuridad y el alba; un lugar intermedio, donde lo mortal y lo inmortal podían tocarse.
