
Él deslizó su boca y sus manos hacia abajo por mi cuerpo, sobre mis pechos. Los sostuvo en las manos, suavemente, acarició mis pezones con sus labios y lengua hasta que yo grité y sentí que mi cuerpo se humedecía, y no debido al dorado charco de hidromiel que se extendía bajo nosotros.
Observé las líneas azules claras de su brazo transformándose en formas, flores y vides, y moverse hacia abajo por su mano y a través de mi piel. Se sentía como si alguien acariciara mi piel con una pluma.
Una voz lanzó un grito, y no era yo, y tampoco era Abeloec. Brii había caído sobre sus manos y rodillas, su largo pelo amarillo se extendía en el creciente lago de hidromiel.
Abeloec chupó con más fuerza mi pecho, haciendo que mi atención volviera a él. Sus ojos todavía no brillaban, pero había una intensidad en ellos que parecía una especie de magia, una especie de poder. El poder que todos los hombres tienen cuando descienden por tu cuerpo con boca y manos expertas.
Movió su boca sobre mí, bebiendo donde el hidromiel se había depositado en el hueco de mi estómago. Lamió la piel sensible justo encima del vello que se rizaba entre mis piernas. Su lengua presionó con golpes seguros sobre esa piel inocente. Me hizo preguntarme lo que sería cuando él siguiera bajando hasta lugares que no eran tan inocentes.
El grito estrangulado de un hombre me hizo apartar la mirada de los ojos oscuros de Abeloec. Conocía aquella voz. Galen había caído sobre sus rodillas. Su piel era de un verde tan pálido que parecía blanca, pero ahora líneas verdes afloraban bajo su piel, brillando, retorciéndose. Formando vides y flores, imágenes. Otros gritos atrajeron mi atención sobre el resto de los hombres en el cuarto. La mayor parte de los quince guardias estaban de rodillas, o aún peor. Unos habían caído al suelo para retorcerse sobre sus estómagos, como si estuvieran atrapados en el líquido dorado, como si fuera ámbar líquido y ellos fueran insectos atrapados para siempre. Y luchaban contra su destino.
