Líneas azules, verdes o rojas surgían por sus cuerpos. Pude ver animales, vides, imágenes dibujadas sobre su piel, como tatuajes vivos y en movimiento.

Doyle y Rhys permanecían de pie frente a la marea creciente y parecían estatuas. Pero Doyle contemplaba sus manos y brazos, las líneas que se trazaban en esos fuertes brazos parecían carmesíes contra toda aquella oscuridad. El cuerpo de Rhys estaba pintado con el más pálido azul, pero él no miraba las líneas; me miraba a mí y a Abeloec. Frost, también, estaba de pie sobre el charco de líquido movedizo, pero tanto él, como Doyle, contemplaban el trazado de líneas que brillaban sobre sus pieles. Nicca estaba de pie, erguido, con su pelo castaño y sus brillantes alas batiendo parecidas a las velas de un barco feérico, pero ninguna línea cubría su piel. Estaba intacto.

Fue Barinthus, el más alto de todos los sidhe, el que se movió hasta la puerta. Se paró junto a ella, escapando del vertido de hidromiel que parecía arrastrarse como una cosa viva a través del suelo. Él se agarró al picaporte de la puerta como si ésta no pudiera ser abierta. Como si estuviéramos atrapados aquí hasta que la magia hiciera su trabajo con nosotros.

Un pequeño sonido me hizo volver a mirar fijamente hacia la cama, y Kitto todavía estaba allí arriba, a salvo del hidromiel que se esparcía. Sus ojos estaban muy abiertos, como si tuviera miedo, a pesar de todo. Él tenía miedo a tantas cosas.

Abeloec frotó su mejilla a través de mi muslo. Esto me hizo volver a él. Volver a contemplar esos ojos oscuros, casi humanos. El brillo de su piel y la mía se había atenuado. Comprendí que él había hecho una pausa para dejarme mirar alrededor del cuarto.



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