
El animal estiró el cuello, oliendo el aire. Era un cerdito, pero con un hocico más bien largo, y con las patas también más largas, no se parecía a ninguno de los cerdos que yo había visto antes. Aunque estaba en el centro del campo nevado, no había ninguna huella de pezuñas en la nieve intacta, ningún camino por el que el cerdito pudiera haber llegado hasta el centro del campo. Era como si el animal simplemente hubiera aparecido allí.
Eché un vistazo al círculo de árboles sólo durante un momento, y cuando miré de nuevo al cerdito, éste había crecido. Por lo menos había aumentado algo más de cuarenta kilos y me llegaba a la altura de las rodillas. No volví a apartar la mirada, pero el cerdo volvió a crecer. No podía ver cómo ocurría, era como intentar ver florecer una flor y no conseguirlo, pero aún así la flor crecía. Ahora ya me llegaba a la altura de mi cintura viéndose grande y robusto, y peludo. Nunca había visto a un cerdo con una piel tan peluda antes, como si llevara un grueso abrigo de invierno. Esa piel parecía realmente acariciable. Levantó esa cabeza extrañamente hocicuda hacia mí, y pude ver colmillos curvados en su boca, unos pequeños colmillos. Y en el momento en que los vi, resplandeciendo como el marfil bajo la luz de la luna, una punzada de ansiedad me atravesó.
Debería dejar este lugar, pensé. Me di la vuelta para marcharme a través del círculo de árboles. Un círculo de árboles que ahora me parecía demasiado uniforme, demasiado deliberado, para ser accidental.
Una mujer estaba de pie detrás de mí, tan cerca que cuando el viento sopló a través de los yermos árboles su capa se rozó con el dobladillo de mi vestido. Moví los labios para decir… ¿Quién? Pero nunca acabé la palabra. Ella alargó una mano arrugada y manchada por la edad, pero era una mano pequeña, esbelta, todavía encantadora, y todavía colmada de una fortaleza serena. No tenía la fuerza de una joven, pero sí mucha de esa fortaleza que sólo llega con la edad. Una fuerza nacida del conocimiento acumulado, de la sabiduría largamente meditada en las largas noches de invierno. Aquí había alguien que acumulaba el conocimiento de toda una vida, no… de muchas vidas.
