
Ahora sus manos se deslizaron hacia abajo por mis muslos, y él inclinó su rostro, vacilando, como si fuera a intentar un beso casto. Pero lo que él hizo con su boca no fue casto. Hundió su gruesa y experta lengua en mí. La sensación lanzó mi cabeza hacia atrás, arqueando mi columna.
Del revés, vi la puerta abierta, vi la sorprendida mirada en la cara de Barinthus mientras Mistral, el nuevo capitán de la guardia de la reina, entró a zancadas. Su pelo era del color gris de las nubes de lluvia. Una vez él había sido el Señor de las Tormentas, un dios del cielo. Ahora entró a zancadas en el cuarto y resbaló con el hidromiel, comenzando a caer. Entonces fue como si el mundo parpadease. Un momento antes, él caía cerca de la puerta; al siguiente estaba sobre mí, cayendo encima de mí. Alargó las manos para intentar agarrarse, y yo levanté los brazos para impedir que cayera encima de mí.
Su mano se apoyó en el suelo, pero mi mano tocó su pecho. Él se estremeció encima de mí sosteniéndose sobre sus rodillas y una mano, como si yo hubiera hecho tambalear su corazón. Lo toqué a través de la resistente suavidad de su armadura de cuero. Él estaba seguro detrás de ella, pero la mirada en su rostro era la de un hombre golpeado, los ojos abiertos de par en par.
Estaba lo bastante cerca ahora como para que yo pudiera ver que sus ojos estaban del mismo color verde que adquiría el cielo antes de que una gran tormenta empezara, destruyéndolo todo a su paso. Sólo una gran ansiedad podía hacer que sus ojos se volvieran de ese color, o una gran cólera. Hacía mucho, el mismo cielo cambiaba según el color de los ojos de Mistral.
Mi piel cantó a la vida, brillando como una estrella incandescente. Abeloec brilló conmigo. Por primera vez, pude ver las líneas en mi propia piel, y esas intrincadas líneas nos recorrieron, ahora de un color azul eléctrico destacando sobre el brillo. Contemplé cómo una vid espinosa azul se movía lentamente hacia mi mano para desplegarse a través de la pálida piel de Mistral.
