El cuerpo de Mistral convulsionó encima de mí, y era como si las líneas de color lo atrajeran arrastrándolo hacia mí; como si fueran cuerdas que lo derribaran. Sus ojos parecían contrariados, su cuerpo luchaba con toda su musculatura y poder. Sólo cuando casi estuvo encima de mí y Abeloec, y sólo la fuerza de sus hombros sostenía su cara encima de la mía, sus ojos cambiaron. Observé cómo el aterrador y tormentoso verde desaparecía de sus ojos, cambiándose en un azul tan claro y puro como el de un cielo de verano. Yo no sabía que sus ojos podían ser de ese azul.

Las líneas azules en su piel dibujaron un relámpago a través de su mejilla; en ese momento su rostro estaba demasiado cerca del mío para ver los detalles. Su boca estaba sobre la mía, y besé a Mistral por segunda vez.

Él me besó, como si tuviera que respirar el aire necesario para vivir a través de mi boca, como si no tocar mi boca con la suya significara su muerte. Sus manos se deslizaron hacia abajo por mi cuerpo y cuando tocó mis pechos, en su garganta resonó un sonido profundo que era casi un sonido de dolor.

En ese momento Abeloec decidió recordarme que había más de una boca contra mi cuerpo. Se alimentó entre mis piernas con la lengua y los labios y, suavemente, con los dientes, consiguiendo que yo dejara escapar mis propios sonidos impacientes en la boca de Mistral. Esto provocó otro de esos sonidos de él, que reflejaban lo mismo impaciencia que dolor, como si lo deseara tanto que le dolía. Su mano apretó convulsivamente mi pecho. Lo bastante fuerte como para que realmente doliera, pero de esa manera en que el dolor podía alimentar el placer. Me retorcí bajo ambas bocas, sumergida en los labios de Mistral, las caderas contra Abeloec. Fue en ese momento que el mundo naufragó.


AL PRINCIPIO PENSÉ QUE TODO ESTO ESTABA DENTRO DE MI cabeza, sumida en el placer. Pero entonces comprendí que ya no había una manta de piel empapada por el hidromiel bajo mi cuerpo. En cambio había ramitas secas que empujaban y pinchaban contra mi piel desnuda.



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