El cambio de escenario fue suficiente como para que apartáramos la atención de nuestras bocas y manos. Estábamos en un lugar oscuro, ya que la única luz existente era el brillo de nuestros cuerpos. Pero era un resplandor más brillante que cualquiera del que nosotros tres conteníamos. Me hizo observar más allá de los hombres que me tocaban. Frost, Rhys, y Galen parecían pálidos fantasmas de sí mismos. Doyle era casi invisible excepto por las líneas de poder. Había otros que brillaban en la oscuridad, casi todos los que eran deidades de la tierra y Nicca, que estaba de pie con sus alas brillando a su alrededor. Habían vuelto a ser un tatuaje en su espalda hasta esta noche. No recordaba que Nicca hubiese tocado el hidromiel. Busqué a Barinthus y a Kitto, pero no estaban aquí. Era como si la magia hubiera designado y elegido entre mis hombres. Gracias al brillo de nuestros cuerpos pude ver plantas muertas. Cosas marchitas.

Estábamos en los jardines muertos, esas mágicas tierras subterráneas donde la leyenda contaba que las hadas tenían su propio sol y luna, lluvia y tiempo. Pero yo no sabía nada de esto. El poder de los sidhe se había marchitado mucho antes de que yo naciera. Los jardines estaban simplemente muertos ahora, y arriba en el cielo sólo había roca desnuda y vacía.

Oí que alguien decía, -¿Cómo? -Entonces esas líneas de color carmesí, azul eléctrico, verde esmeralda resplandecieron llameantes en la oscuridad. Esto provocó gritos en la oscuridad, y devolvió la boca de Abeloec entre mis piernas. La boca de Mistral se presionó contra la mía, sus manos impacientes en mi cuerpo. Era una dulce trampa, pero una trampa al fin y al cabo, puesta para que nosotros no nos preocupásemos por lo que queríamos. La magia de las hadas nos sostenía, y no seríamos libres hasta que esa magia estuviera satisfecha.



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