Mis manos encontraron a Mistral. Hinqué las uñas en sus brazos desnudos, y sólo cuando unas de mis manos trató de alcanzar su muslo, él agarró mi muñeca. Para hacerlo, tuvo que soltar mi pecho de la prisión de su boca. Inmovilizó mis manos en la seca tierra, mientras yo gritaba y luchaba por alcanzarle con uñas y dientes. Él se quedó sobre mí, presionando mis muñecas en el suelo. Bajó la mirada clavando en mí unos ojos que destellaban luces resplandecientes. Mi última visión de sus ojos, antes de que Abeloec consiguiera que lanzara mi cabeza de un lado a otro, luchando contra el placer, fue de que estaban llenos de relámpagos, centelleando, bailando, tan brillantes que proyectaban sombras en la iridiscencia de mi piel.

Las manos de Abeloec hincadas en mis muslos me mantenían sujeta mientras luchaba por liberarme. Se sentía tan bueno, tan bien, que pensé que me volvería loca si no se detenía. Tan bien que al mismo tiempo quería tanto que se detuviera, como que nunca más lo hiciera.

El viento sopló más fuerte. Las secas, leñosas vides chillaban bajo el viento creciente, y los árboles crujieron como protesta, como si sus ramas muertas no fueran a resistir el viento.

Las líneas de color que proyectaba Abeloec, rojas, azules y verdes, crecieron más brillantes bajo el viento. Los colores palpitaron brillantes, cada vez más brillantes. Posiblemente ese intenso fulgor impedía que la oscuridad retrocediera, volviéndola incandescente, como si la interminable noche hubiera sido sembrada de luces de neón.

Abeloec soltó mis muslos, y en ese mismo momento las luces perdieron un poco de su intensidad. Él se arrodilló entre mis piernas y empezó a desatar sus pantalones. Sus ropas modernas habían quedado arruinadas durante el intento de asesinato ocurrido la noche anterior. Y tanto él, como la mayor parte de los hombres que raramente dejaban el sithen, tenían pocas cosas con cremalleras o botones de metal.



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