
– Si hubieras estado de pie bajo la luz, no te habría encontrado, pero en la oscuridad, en la profunda oscuridad de los jardines muertos… no puedes esconderte de mí aquí, Mistral.
– Nadie se escondía de ti, mi reina -dijo Doyle… lo primero que cualquiera de nosotros había pronunciado desde que habíamos sido traídos aquí.
Ella le ordenó silencio por señas caminando sobre la hierba seca. El viento que había estado azotando las hojas estaba muriendo ahora, mientras los colores se desvanecían.
Las últimas rachas de viento agitaron el dobladillo de su túnica negra.
– ¿Viento? -Preguntó Andais. -No ha habido viento aquí dentro desde hace siglos.
Mistral me había dejado para caer de rodillas ante ella. Su piel palideció mientras se alejaba de Abeloec y de mí. Me pregunté si en sus ojos todavía destellaban los relámpagos, pero apostaba a que no lo hacían.
– ¿Por qué te apartaste de mí, Mistral? -Ella tocó su barbilla con unas largas y afiladas uñas, levantando su cara de forma que él se viera obligado a mirarla.
– Buscaba consejo -dijo él con una voz que sonaba baja pero al mismo tiempo parecía soportar toda la creciente oscuridad. Ahora que Abeloec y yo habíamos dejado de tener sexo, toda la luz se desvanecía, las líneas sobre la piel de todo nosotros desaparecían. De pronto nos encontrábamos en una oscuridad tan absoluta que podrías llegar a tocar tu propia pupila sin tener el reflejo de parpadear. Un gato sería ciego aquí dentro; incluso los ojos de un gato necesitan algo de luz.
– ¿Consejo para qué, Mistral? -Ella hizo de su nombre un quejido funesto que contenía la amenaza del dolor, como un aroma en el viento puede prometer la lluvia.
