
Él trató de inclinar la cabeza, pero Andais mantenía las puntas de sus dedos bajo su barbilla.
– ¿Buscaste la guía de mi Oscuridad?
Abeloec me ayudó a levantarme y me sostuvo cerca, no debido a un sentimiento romántico, sino porque es lo que los duendes hacen cuando están nerviosos. Nos tocamos unos a los otros, acurrucándonos en la oscuridad, como si el toque de la mano del otro impidiera que la gran cosa mala pudiera pasar.
– Sí -dijo Mistral.
– Mentiroso -dijo la reina, y lo último que pude ver antes de que la oscuridad se tragase el mundo fue el brillo de una espada en su otra mano. Relampagueó desde su túnica, donde ella la había escondido.
Hablé antes de poder pensar:
– ¡No!
Su voz siseó en la oscuridad y pareció deslizarse arrastrándose sobre mi piel.
– ¿Meredith, sobrina, realmente me estás prohibiendo castigar a uno de mis guardias? No uno de tus guardias, sino de los míos, ¡mío!
La oscuridad se hizo más pesada, más espesa, y costaba más esfuerzo respirar. Sabía que ella podía hacer que el mismo aire fuera tan pesado que aplastara la vida que había en mí. Podría hacer el aire tan espeso que mis pulmones mortales no lo podrían aspirar. Casi me mató ayer mismo, cuando osé interferir en uno de sus “entretenimientos”.
– Había viento en los jardines muertos. -La profunda voz de Doyle llegó tan grave, tan profunda, que pareció vibrar a lo largo de mi columna vertebral. -Tú sentiste el viento. Hiciste una observación sobre el viento.
– Sí, la hice, pero ahora se ha ido. Ahora los jardines están muertos, muertos como siempre lo estarán.
Una pálida luz verde brotó de la oscuridad. Era Doyle sosteniendo entre sus manos ahuecadas unas enfermizas llamas verdosas. Era una de sus manos de poder. Había visto el toque de ese fuego arrastrarse lentamente sobre otro sidhe y hacerle desear la muerte. Pero como tantas cosas en el mundo de las hadas, también tenía otros usos. Era una luz bienvenida en la oscuridad.
