
La luz mostró que ya no eran sus dedos los que mantenían la barbilla de Mistral alzada, sino el filo de una espada. Su espada, Terror Mortal. Uno de los pocos objetos que quedaban que podría matar realmente a un sidhe inmortal.
– ¿Y si los jardines pudieran vivir otra vez? -preguntó Doyle. -Como viven de nuevo las rosas en el exterior del salón del trono.
Ella sonrió de una forma sumamente desagradable.
– ¿Te propones derramar más de la preciosa sangre de Meredith? Ese fue el precio para que las rosas renacieran.
– Hay otras formas para dar vida que no requieren sangre -dijo Doyle.
– ¿Piensas que puedes follar hasta que los jardines renazcan a la vida? -preguntó Andais mientras usaba el borde de la espada para forzar a Mistral a que se levantara de su posición arrodillada.
– Sí -dijo Doyle.
– Eso, me gustaría verlo -dijo ella.
– No creo que funcionara si estás aquí -dijo Rhys. Una pálida luz blanca apareció sobre su cabeza. Pequeña, esférica, una suave blancura que iluminaba por donde él caminaba. Era la luz que la mayoría de los sidhe, y muchos de los duendes menores podían hacer a voluntad; Una pequeña magia que la mayoría poseía. Pero si yo quisiera tener luz en la oscuridad, tenía que encontrar una linterna o una cerilla.
Rhys avanzó hacia la reina, envuelto en un suave círculo de luz.
Ella habló…
– Parece que el follar unas cuantas veces después de soportar unos pocos siglos de celibato te envalentonan, Un Ojo.
– La jodienda me hace feliz -dijo él-. Me hace ser atrevido -continuó levantando su brazo derecho, mostrándole la parte oculta. Ni la luz era lo bastante fuerte, ni el ángulo era el correcto para que yo pudiera ver qué era tan interesante.
Ella frunció el ceño; luego, cuando él se acercó, sus ojos se ensancharon.
– ¿Qué es eso? -Pero su mano había bajado lo suficiente como para que Mistral ya no tuviera que incorporarse de su posición arrodillada para evitar ser cortado.
