
– Es exactamente lo que tú piensas que es, mi reina -dijo Doyle. Él comenzó a acercarse a ella, también.
– No más cerca, los dos. -Ella enfatizó sus palabras obligando otra vez a Mistral a casi incorporarse de nuevo.
– No te queremos dañar, mi reina -dijo Doyle.
– Quizás me propongo dañarte yo a ti, Oscuridad.
– Ese es tu privilegio -dijo él.
Abrí la boca para corregirle, porque él ahora era mi capitán de la guardia. Ella ya no tenía permiso para lastimarle simplemente por puro gusto, nunca más.
Abeloec me contuvo cogiéndome del brazo, y dijo murmurando contra mi pelo…
– Todavía no, Princesa. La Oscuridad no necesita tu ayuda todavía.
Quise discutir, aunque parecía que su razonamiento era lógico. Abrí la boca para rebatirlo, pero cuando alcé la vista para mirarle a la cara, mi argumento pareció desvanecerse. Su sugerencia simplemente parecía ser lo razonable.
Algo golpeó mi cadera, y me percaté de que él todavía sostenía la copa de cuerno. Él era el cáliz, y el cáliz era él, de alguna mística manera, pero cuando él lo tocó, pareció más… más razonable. Mejor dicho, sus sugerencias parecían más razonables.
No estaba segura de que me gustara que él pudiera hacerme eso, pero lo dejé estar. Ya teníamos suficientes problemas para necesitar otras distracciones.
– ¿Qué hay en el brazo de Rhys? -le susurré.
Pero Abeloec y yo estábamos de pie en la oscuridad, y la Reina del Aire y la Oscuridad podía oír cualquier cosa que fuese pronunciada en la oscuridad. Y me contestó…
– Muéstraselo, Rhys. Muéstrale a ella lo que te ha envalentonado.
Rhys no le dio la espalda, pero se movió algo lateralmente hacia nosotros. La suave, pequeña fuente de luz blanca se movió con él, perfilando la parte superior de su cuerpo. En una batalla habría sido un desastre; le habría convertido en un blanco. Pero los inmortales no sudan por cosas como esa… si no puedes morir, supongo que puedes convertirte en un blanco perfecto sin que te importe lo más mínimo.
