
La vieja bruja había sido denigrada como fea y débil. Pero esa apariencia de anciana no era el verdadero aspecto de la Diosa, y no fue lo que yo vi. Ella me sonrió, y esa sonrisa contenía toda la calidez que uno pudiera necesitar. Era una sonrisa que hablaba de mil charlas mantenidas frente al hogar, de cien docenas de preguntas hechas y respondidas. De vidas interminables repletas de sabiduría acumulada. No había nada que ella no supiera, si sólo yo pudiera pensar en las preguntas que deseaba hacerle.
Tomé su mano, y su piel era suave, suave como si fuera la de un bebé. Estaba arrugada, pero no siempre lo terso e inmaculado es lo mejor y existe una belleza en la edad, que la juventud no sabe reconocer.
Sujeté la mano de la anciana y me sentí segura, completa y plenamente segura, como si nada pudiera perturbar este sentimiento de paz silenciosa. Ella me sonrió, el resto de su rostro oculto tras la sombra de su capucha. Luego retiró su mano de la mía, y yo intenté sujetarla, pero ella negó con la cabeza y dijo, aunque sus labios no se movieron…
– Tienes trabajo que hacer.
– No lo entiendo -dije, y mi aliento humeó en la fría noche, aunque el de ella no lo hacía.
– Dales otro alimento para que puedan comer.
Fruncí el ceño.
– No lo entiendo.
– Date la vuelta -me dijo, y esta vez sus labios se movieron, pero aún así su aliento no alteró la noche. Era como si ella hablara pero no respirara, o como si su aliento estuviera tan frío como esta noche invernal. Trate de recordar si su mano había estado tibia o fría, pero no podía recordarlo. Todo lo que pude recordar fue la sensación de paz y ecuanimidad. -Date la vuelta -me dijo otra vez, y esta vez lo hice.
