Abeloec me miraba con curiosidad.

– Me había olvidado de que el Príncipe Essus insistió en criarte entre los humanos -sonrió-. Cuando razonas las cosas, no eres tan fácil de distraer. -Él tensó su otra mano, con el cáliz todavía sujeto en ella.

Fruncí el ceño, y finalmente me alejé de él.

– Déjalo estar.

– Bebiste de su copa -dijo Rhys-. Él debería poder persuadirte de casi cualquier cosa… -sonrió abiertamente cuando continuó-…si fueras humana.

– Supongo que ella no es lo bastante humana -dijo Abeloec.

– Todos estáis actuando como si ese tatuaje pálido fuera importante. No entiendo el por qué.

– ¿Essus no te contó nunca nada sobre ello? -preguntó Rhys.

Fruncí el ceño.

– Mi padre no mencionó nada acerca de un tatuaje en tu brazo.

La reina hizo un ruido burlón.

– Essus no pensó que fueras lo suficientemente importante para decírtelo.

– Él no se lo dijo -dijo Doyle-, por la misma razón que Galen tampoco lo sabe.

Galen todavía yacía en el jardín muerto. Todos los otros hombres que se habían desplomado sobre el suelo estaban todavía de rodillas o sentándose en la vegetación muerta. Una suave incandescencia blanca verdosa comenzó a tomar forma sobre la cabeza de Galen. No era un halo como el de Rhys, sino algo más parecido a una pequeña pelota de luz por encima de su cabeza.

Galen encontró su voz, ronca, y tuvo que aclararla bruscamente antes de poder decir…

– Yo no sé nada tampoco sobre ningún tatuaje en Rhys.

– Ninguno de nosotros se lo ha dicho a los más jóvenes, Reina Andais -dijo Doyle. -Todo el mundo sabe que nuestros seguidores se pintaban con símbolos y entraban en batalla con sólo esos símbolos para protegerles.

– Finalmente aprendieron a llevar puesta la armadura -dijo Andais. Su brazo había bajado lo bastante como para que Mistral estuviera cómodo sobre sus rodillas otra vez.

– Sí, y sólo las pocas y últimas tribus fanáticas siguieron tratando de buscar nuestro favor y bendición. Ellos murieron por aquella lealtad -dijo Doyle.



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