– ¿De qué estás hablando? -Pregunté.

– Hubo un tiempo, en que nosotros, los sidhe, sus dioses, estábamos pintados con símbolos que representaban la bendición de la Diosa y el Consorte. Pero cuando nuestro poder se desvaneció, así también lo hicieron las marcas en nuestros cuerpos -explicó Doyle con su voz espesa como la miel.

Rhys prosiguió la historia.

– Antiguamente, si nuestros seguidores se pintaban sus cuerpos para imitarnos, obtenían algo de la protección y la magia que teníamos. Era una señal de devoción, sí, pero una vez, mucho, mucho tiempo atrás, literalmente nos podían llamar para ayudarles -dijo, contemplando el tenue pez azul en su brazo. -No he tenido esta marca desde hace casi cuatro mil años.

– Está borroso e incompleto -dijo la reina desde la pared lejana.

– Sí. -Rhys inclinó la cabeza y la miró-. Pero es un comienzo.

La voz de Nicca llegó tenue, y yo casi le había olvidado, mientras permanecía ahí parado a un lado. Sus alas comenzaron a brillar en la oscuridad, como si por sus venas hubiera comenzado a fluir la luz en lugar de sangre. Él batió esas enormes alas. Habían sido sólo una marca de nacimiento en el dorso de su espalda hasta unos cuantos días atrás, cuando por fin habían brotado realmente. Comenzaron a resplandecer como si cada uno de sus colores fuera de cristal coloreado brillando bajo la luz de un sol que no podíamos ver.

Tendió su mano derecha, y nos mostró una marca en la cara externa de la muñeca, casi en la mano misma. La luz era demasiado vacilante para que yo pudiera estar segura de lo que era, pero Doyle dijo…

– Una mariposa.

– Nunca he tenido una marca del favor de la Diosa -dijo Nicca con su voz tenue.

La reina bajó su espada completamente, de modo que volvió a ser invisible dentro de la falda totalmente negra de su túnica.



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