
Rhys dijo…
– Deja que Abeloec y Merry acaben lo que comenzaron. Déjalos terminar.
La reina Andais inspiró tan profundamente, que incluso a pesar de la débil luz que iluminaba la cámara, pude ver como subía y bajaba la “V” de carne blanca que se veía en su túnica.
– Muy bien, que acaben. Ven conmigo entonces, tenemos mucho de qué discutir -dijo ella, alargando su mano hacia Mistral. -Ven, mi capitán, dejémoslos a sus placeres.
Mistral no lo dudó. Se levantó y tomó su mano pálida.
– Le necesitamos -dijo Rhys.
– No -dijo Andais-, no, ya le he dado a Meredith mis hombres verdes. Ella no necesita el mundo entero.
– ¿Crece la hierba sin viento y lluvia? -preguntó Doyle.
– No -dijo ella, y su voz volvió a ser poco amistosa, como si le hubiera gustado estar enojada y fuera consciente de que ahora no podía permitírselo. Andais era esclava de su temperamento, pocas veces se controlaba. Tanto autodominio en ella era raro.
– Para hacer la primavera, tú necesitas muchas cosas, mi reina – dijo Doyle. -Sin calor y agua, las plantas se marchitan y mueren. -Se quedaron mirándose el uno al otro, la reina y su Oscuridad. Fue la reina quien apartó la mirada primero.
– Mistral puede quedarse. -Andais soltó su mano, luego me miró desde el otro extremo de la caverna. -Pero que esto quede claro entre nosotras, sobrina. Él no es tuyo. Es mío. Él es tuyo sólo por este espacio de tiempo. ¿Está eso claro para todos vosotros?
Todos asentimos con la cabeza.
– Y tú, Mistral -dijo la reina-. ¿Lo entiendes?
– Mi orden de celibato es levantada por este espacio de tiempo y sólo con la princesa.
– Perfecto, entonces -dijo ella. Dio la vuelta como si fuera a atravesar la pared andando, luego se giró mirando por encima de su hombro. -Terminaré lo que estaba haciendo cuando advertí tu ausencia, Mistral.
Él cayó de rodillas.
– Mi reina, por favor no hagas esto…
