Ella se volvió con una sonrisa que fue casi agradable… si no fuera porque la mirada en sus ojos, aún desde aquí, fue aterradora.

– ¿Estás intentando decirme que no te deje con la princesa?

– No, mi reina, sabes que no es eso lo que quiero decir.

– ¿Lo hago? -dijo ella, sonando el peligro en su voz. Se deslizó sobre la maleza muerta y colocó la punta de Terror Mortal bajo su barbilla. -Tú no viniste a pedir el consejo de mi Oscuridad. Viniste a obligar a la princesa a interceder por la Casa de Nerys.

Los hombros de Mistral se movieron como si hubiera tomado aire profundamente, o hubiera tragado saliva.

– Contéstame, Mistral -siseó ella, sonando la furia en su voz afilada como una hoja de afeitar.

– Nerys sacrificó su vida por tu palabra de que no matarías a su gente. Tú… -él dejó de hablar abruptamente, como si ella hubiera aproximado la punta tan cerca que no pudiera hablar sin cortarse.

– ¿Tía Andais -dije-, qué has hecho con la gente de Nerys?

– Trataron de matarnos a ti y a mí anoche, ¿o lo has olvidado?

– Lo recuerdo, pero también recuerdo que Nerys te pidió que tomaras su vida, a cambio de que tuvieras piedad de su casa. Diste tu palabra de que los dejarías vivir si ella moría en su lugar.

– No he dañado ni a uno solo -dijo ella, y pareció demasiado contenta consigo misma.

– ¿Qué significa eso? -Pregunté.

– Solamente les ofrecí a los hombres una oportunidad para servir a su reina como miembros de mi guardia real. Necesito a mis Cuervos a pleno rendimiento.

– Unirse a tu guardia significa abandonar todas las lealtades familiares y volverse célibe. ¿Por qué estarían de acuerdo con cualquiera de esas cosas? -Pregunté.

Andais apartó la espada de la garganta de Mistral.

– Estabas muy impaciente por chismear sobre mí. Díselo a ella ahora.

– ¿Puedo levantarme, mi reina? -preguntó Mistral.

– Levántate, bufón, no me importa; simplemente díselo a ella.



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