
Un toro blanco estaba en el centro del claro -bueno, al menos eso es lo que me pareció a primera vista-. Su cruz estaba a la altura de mi cabeza. Debía de tener por lo menos dos metros y medio de largo. Sus hombros se extendían como una inmensa masa de músculos por detrás de su cabeza inclinada. Al levantar la cabeza, reveló un hocico enmarcado con largos y afilados colmillos. No era un toro, sino un enorme jabalí -ése que había comenzado siendo un lechoncito. Sus colmillos como cuchillas de marfil brillaron cuando me miró.
Miré hacia atrás, pero sabía que la anciana se había ido. Estaba sola bajo la noche invernal. Bien, no tan sola como hubiera querido estar. Volví la mirada hacia atrás y me encontré al monstruoso jabalí todavía ahí de pie, todavía clavando los ojos en mí. Ahora la nieve estaba fría bajo mis pies desnudos. Se me pusieron los brazos de piel de gallina, y la verdad no estaba segura de si temblaba de frío, o de miedo.
Ahora reconocí el espeso pelo blanco del jabalí. Todavía parecía suave. Pero su cola estaba completamente pegada a su cuerpo y su largo hocico se levantaba hacia el cielo. Su aliento llenó de vaho el aire mientras respiraba por la nariz. Mala cosa. Quería decir que era real, o al menos lo suficientemente real como para poder hacerme daño de todas formas.
Me quedé de pie todo lo quieta que podía estar. No creo que me moviera en absoluto, pero de repente cargó contra mí. La nieve salía despedida bajo sus pezuñas mientras venía a por mí.
Era como ver una gran locomotora descarrilando a toda velocidad. Demasiado grande para ser verdadero, y también demasiado enorme para ser posible. Yo no llevaba ningún arma. Así que me di la vuelta y corrí.
Oía al jabalí detrás de mí. Sus pezuñas cortaban el suelo congelado. Dejó escapar un sonido que más bien fue casi un grito. Miré hacia atrás. Nada me podía ayudar. El vestido largo se me enredó en los pies, y caí. Rodé por la nieve, luchando por ponerme de pie, pero el vestido se enredó aún más alrededor de mis piernas. No podía liberarme. No podía ponerme de pie. No podía correr.
