Desistí de intentar darle sentido a esas imágenes, y miré hacia él, a la larga longitud de su cuerpo suspendido encima del mío. Se sostenía sobre mí a modo de refugio, como si hubiera podido permanecer allí para siempre, sin cansarse. Alcancé su cuerpo, deslizándome bajo su firme fortaleza, hasta poder cubrir con mi mano su dura longitud.

Se estremeció sobre mí.

– Debería tocarte -. Su voz sonó tensa y ronca por el esfuerzo, pero, ¿En qué se estaba esforzando? Sus brazos, hombros y piernas aún permanecían sobre mí, como si fueran de piedra en vez de carne. No era su esfuerzo lo que provocaba que su voz fuera tensa. Al menos no el esfuerzo físico. Quizás fuera por su propia determinación.

Presioné suavemente su miembro, y estaba duro, terriblemente duro. El ritmo de su respiración cambió; pude ver cómo se ondulaba su estómago ante el esfuerzo que le suponía permanecer erguido sobre mí.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado? – Le pregunté.

– No lo recuerdo -me contestó.

Acaricié la cabeza de su miembro con mi mano. Su espalda se arqueó y casi se me cayó encima, pero entonces sus brazos y piernas volvieron a su firme postura.

– Creí que los sidhe no mentían.

– No lo recuerdo exactamente -dijo. Ahora su voz sonaba entrecortada.

Deslicé la otra mano hasta llegar a sus testículos, para poder juguetear suavemente con ellos.

Tragó con tanta fuerza que pude oírlo, y dijo…

– Si continuas con eso, me correré, y no es como lo quiero hacer la primera vez.

Seguí jugando con él, suavemente. Estaba muy duro, temblorosamente duro. Sólo por sostenerle con mis manos. Sabía que la frase, duele de necesidad, no eran simples palabras. Brillaba y pude sentir cómo surgía el poder en él, aunque no palpitaba igual que los demás. Éste era un poder sosegado.



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