
– ¿Cómo quieres que sea la primera vez? -Le pregunté, y mi voz sonó profunda, ronca, ante la sensación de tenerle en mis manos.
– Quiero estar dentro de ti, entre tus piernas. Quiero ver cómo te corres antes de que yo lo haga. Pero no sé si aún tengo ese tipo de disciplina.
– Entonces no seas disciplinado. Esta vez, la primera vez, no te preocupes de eso.
Él sacudió la cabeza, y las hebras azules de su pelo parecieron brillar con más intensidad.
– Quiero darte tanto placer que haga que me quieras en tu cama cada noche. Tantos hombres, Meredith, hay tantos hombres en tu cama. No quiero tener que esperar mi turno. Quiero que vengas a por mí una y otra vez, porque nadie te dé tanto placer como yo.
Un sonido hizo que ambos giráramos nuestras cabezas, encontrando a Mistral de rodillas a nuestro lado.
– Date prisa y termina con esto, Abeloec, o no seré el segundo.
– ¿No te importa, como a mí, si le das placer a la princesa? – Preguntó Abeloec.
– A diferencia de ti, yo no tendré una segunda oportunidad. La reina ha decretado que este momento sea todo lo que podré tener con la princesa. Por lo tanto, no, no estoy tan preocupado por mi rendimiento.
Pasó la mano sobre mi pelo, hundiéndola profundamente, rastrillando con sus dedos mi cuero cabelludo. Eso me hizo colocar la cabeza sobre su mano. Cerró sus dedos en un puño y de repente lo sacudió tirando de mi pelo que estaba sujeto en su mano. Esto hizo que el pulso se acelerara en mi garganta, arrancando un sonido de mi boca, que no fue de dolor. Mi piel relució cobrando vida.
– No tenemos que ser suaves -dijo Mistral. Acercó su cara a la mía. -¿Verdad, Princesa?
– No -susurré.
Tiró de mi pelo aún más fuerte y lancé un grito. Sentí, más que vi, como los demás hombres se acercaban a nosotros. Mistral tiró de mi pelo de nuevo, doblándome el cuello hacia un lado y moviendo un poco mi cuerpo bajo el de Abeloec.
