– ¿No te estoy haciendo daño, verdad, Princesa?

– No -fue lo único que pude susurrar.

– No creo que te hayan oído -dijo. Repentinamente enroscó su mano aún más fuerte sobre mi pelo. Puso los labios contra mi mejilla y susurró, -Grita para mí -. Las líneas azules se deslizaron lentamente de mi piel a la suya y volví a ver el contorno de un resplandor en su mejilla.

– ¿Qué harás si no grito? -Susurré.

Me besó, muy suavemente, en la mejilla.

– Te haré daño.

Exhalé el aliento estremeciéndome.

– Por favor -suspiré.

Mistral se rió, una maravillosa y profunda risa, con su cara rozando la mía y su mano todavía en mi pelo.

– Deprisa, Abeloec, apresúrate o tendremos que pelear para ver quién es el primero -. Me soltó el pelo tan repentinamente, que ese movimiento también resultó un poco doloroso y me provocó un gemido. Mistral me giró hacia Abeloec, mientras yo aún tenía la mirada desenfocada y mi respiración o bien era demasiado rápida o casi se detenía. En realidad no lo sabía. Mi pulso parecía no saber decidir si yo tenía miedo o estaba excitada. Pero fue como si ahora que Mistral me había tocado de nuevo, no pudiera dejar de hacerlo. Mantuvo los dedos contra un lado de mi cuello, como si quisiera ayudar a que mi pulso se decidiese.

– No me gusta causar dolor -dijo Abeloec. Su cuerpo no parecía tan contento como antes.

– El dolor no es el único camino al placer -le dije.

Sus oscuros ojos se centraron en mí, resaltando contra el brillo de su cara.

– ¿No tienes que sentir dolor para obtener placer?

Negué con la cabeza, notando el persistente dolor en el lugar donde la mano de Mistral me había sujetado.

– No.

La profunda voz de Doyle se dejó oír en la oscuridad.

– A Meredith le gusta la violencia, pero también la suavidad. Depende de su estado de ánimo y del tuyo.



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