
Nunca había poseído ninguna magia en un sueño o visión, que no hubiera tenido cuando estaba despierta. Pero esa magia la tenía ahora. Esgrimí mi mano de sangre. Dirigí mi mano sangrante hacia el jabalí y pensé, Sangra. Hice que todos esos pequeños rasguños vertieran sangre. Aun así la bestia siguió peleando contra las espinas. Más zarcillos cayeron desgarrados al suelo. Pensé, Más. Mi mano se cerró en un puño, y cuándo la abrí de par en par, sus heridas se abrieron todavía más. Centenares de bocas rojas abiertas por todo el blanco pelaje. La sangre se derramó por sus flancos, y ahora su chillido no fue un grito de cólera, o de desafío. Fue un chillido de dolor.
Los zarcillos se tensaron a su alrededor todos a la vez. Las patas del jabalí cedieron, y los zarcillos lo inmovilizaron sobre el suelo congelado. Ya no era un jabalí blanco, era rojo. Rojo de sangre.
Había un cuchillo en mi mano. Era una brillante hoja blanca tan resplandeciente como una estrella. Y supe lo que tenía que hacer. Atravesé la nieve salpicada de sangre. El jabalí me puso los ojos en blanco, pero sabía que si pudiese, aún ahora me mataría.
Le clavé el cuchillo en la garganta, y cuando lo retiré la sangre fluyó a chorros sobre la nieve, sobre mi vestido, sobre mi piel. La sangre estaba caliente. Una fuente carmesí de calor y vida.
La sangre derritió la nieve que ahora se convirtió en una tierra negra y fértil. Y de esa tierra nació un diminuto cerdito que no era blanco esta vez, era como leonado y rayado en tonos dorados. Su coloración recordaba a la de un cervatillo. El cerdito gritó, pero sabía que no hallaría otra respuesta.
