Lo recogí, y se hizo un ovillo en mis brazos como un cachorro. Estaba muy caliente, muy vivo. Me envolví con la capa que llevaba puesta abrigándonos a ambos. Mi vestido ahora era negro, no negro por estar empapado de sangre, sino simplemente negro. El cerdito se acomodó en el suave y cálido tejido. Yo llevaba puestas unas botas recubiertas de piel, suaves y calientes. Todavía sostenía el cuchillo en la mano, pero estaba limpio, como si la sangre se hubiera evaporado.

Olí a rosas. Me volví y me encontré con que el cuerpo del jabalí había desaparecido. Los zarcillos espinosos estaban cubiertos de flores y hojas verdes. Las flores eran blancas y rosadas, desde un pálido sonrojo hasta el salmón oscuro. Algunas de las rosas eran de un rosa tan profundo que parecían casi purpúreas.

El dulce y maravilloso olor de las rosas salvajes llenaba el aire. Los árboles yermos que había en el claro ya no estaban muertos, pues pude ver que empezaban a retoñar y a salirles las hojas. El deshielo provocado por la muerte del jabalí y su sangre habían cambiado todo eso.

El pequeño cerdito se hizo más pesado. Miré hacia abajo y me di cuenta de que había doblado su tamaño. Lo dejé sobre la nieve que se derretía, y tal como había ocurrido con el jabalí, empezó a crecer. Como la vez anterior, no pude observar el cambio, igual que una flor que florece de forma imperceptible, siguió cambiando de igual forma.

Comencé a caminar por la nieve, y el cerdo rápidamente me siguió como si fuera un perrito obediente. Por donde pasábamos la nieve se derretía, y la vida regresaba a la tierra. El cerdo perdió sus listas de lechón, se volvió negro y su alzada ahora me llegaba a la cintura, y continuaba creciendo. Toqué su lomo, y el pelaje no era suave, pero sí espeso. Acaricié su costado, y se acercó más a mí. Caminamos por la tierra, y por donde pasábamos el mundo se tornaba verde otra vez.



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