Tara tuvo la impresión de estar en la cima del mundo, rodeada por bosques distantes y el río, que podía ver a través de una serie de ventanas en forma de arco que llenaban de luz la habitación. Cuando él la soltó, ella se puso de pie de inmediato. No se encontraba allí para admirar el panorama.

– Tengo una cita con la señora Harmon -declaró molesta cuando al fin controló sus cuerdas vocales-. ¿Te molestaría indicarme cuál es su oficina?

– Siéntate Tara -Adam se acomodó en la esquina de un escritorio despejado y, sin quitarle la vista de encima, se inclinó para oprimir un botón de un intercomunicador-. ¡Siéntate! -repitió. La joven volvió a instalarse en la silla, sabiendo que de lo contrarío él la obligaría a hacerlo sin miramientos. Pero se sentó en el borde con una expresión desafiante que indicaba que no se quedaría allí un momento más del que fuera necesario.

– ¿Jenny, esperas a una tal Tara Lambert esta mañana? -preguntó él por el aparato.

– Si, Adam, es de la agencia de empleados de oficina temporales de la que te hablaba. Entiendo que ya llegó, pero debe de haberse extraviado en algún lugar del edificio.

– Dudo mucho que esté extraviada -los labios de Adam se torcieron en una sonrisa que a Tara no le agradó-. De hecho, creo qué se encuentra en el sitio en el que ella quiere estar. Deja el asunto en mis manos-. Guardó silencio durante unos momentos, estudiando a Tara con irritación evidente. Luego, como si hubiera tomado una decisión, se levantó y fue a sentarse en una silla frente a ella. Apoyó los codos sobre el escritorio, tocándose el mentón suavemente con la punta de los dedos al observarla, pensativo.



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