
Si Adam se sorprendió de que Tara no hiciera un acto de striptease, no lo demostró. La joven no sabía siquiera si la escuchaba, pero cuando se detuvo ante su aparente falta de interés, los ojos de él brillaron, obligándola a seguir.
– Eres demasiado cara -fue su único comentario cuando ella terminó.
– Pero somos los mejores -respondió ella con alivio. Era más fácil hacer frente a cuestiones de negocios que a insinuaciones sexuales.
– Sólo según tu opinión. Y tus métodos para establecer citas no son muy tranquilizadores.
Tara se negó a dejarse llevar de nuevo por ese camino. Pensara lo que él pensara, ella no había hecho algo de lo que tuviera que avergonzarse.
– Puedo darte referencias. Las empresas para las que trabajamos con regularidad… aquellas con directores con la inteligencia suficiente para comprender que reciben lo justo por lo que pagan… -agregó sin resistir la pulla.
– Es difícil que menciones a alguien que no haya quedado satisfecho. Prefiero hacer mis propias indagaciones.
– Me parece bien. Ponnos a prueba.
– Te pondré a prueba a ti, Tara -repuso él después de una pausa.
– Me temo que yo no estoy a la venta, Adam -manifestó ante la oportunidad de rebatir a ese odioso hombre.
– Qué lástima -Adam se levantó y rodeó el escritorio-, Quizá, cuando tengas… -arqueó una ceja con expresión burlona-la astucia suficiente para comprender la oportunidad que te ofrezco, podamos volver a hablar -la ayudó a ponerse de pie y la encaminó hacia la puerta.
Sorprendida, Tara no ofreció resistencia, hasta comprender lo que sucedía. La despachaba.
– No… no puedo, tengo un negocio que debo administrar -protestó-. No me ocupo de vacantes temporales desde… -su voz se perdió al ver la mirada desafiante de Adam.
– ¿Tal vez temes ponerle en la línea de fuego? -sugirió él con voz suave y abrió la puerta. Un momento más y sería demasiado tarde.
