
La joven estaba en grave peligro de perder el control y golpear a Adam Blackmore, aunque eso significara perder la oportunidad de trabajar para su empresa. Se obligó a sonreír.
– Prepararé un boletín para que lo transmitan en los noticiarios de la una. Solo para asegurarme -comentó con una ligereza que distaba mucho de sentir.
– ¿Tantos son? -una chispa de enojo brilló en la profundidad de los ojos de Adam-. Dejo en tus manos el método de difusión, Tara, pero asegúrate de que sea en tu tiempo libre, no el de la compañía.
– Sí, señor-respondió ella, muy quedo.
Tara no consideró la posibilidad de tomarse una hora para salir a almorzar. Ni siquiera media hora. Era demasiado lo que estaba en juego. Dedicó el tiempo a familiarizarse con el sistema de cómputo antes de elaborar el borrador del informe.
Encontró el archivo de la versión inicial del documento que había que corregir y lo revisó antes que el apetito la hiciera salir en busca de un emparedado. Apenas estuvo fuera quince minutos, pero al regresar encontró a un Adam furioso, en su oficina.
– ¿En dónde diablos estabas? -le exigió él antes que ella pudiera siquiera quitarse el abrigo.
– Salí a almorzar.
– ¡A almorzar! -Adam miró su reloj de pulso-. ¿Este es el tiempo que se toman tus supuestas insuperables secretarías para almorzar?
– Más o menos -aceptó ella-. Si buscas el informe, dejé el borrador sobre tu escritorio.
Adam se dio media vuelta y salió sin decir palabra.
– Gracias, Tara. Eres un encanto -murmuró la joven para sí antes de empezar a mecanografiar la correspondencia que Adam le había encargado. A pesar de una incesante cadena de interrupciones, terminó justo a las cinco.
– Puedes irte cuando termines con esto -le indicó él al dejar caer sobre su escritorio la correspondencia firmada.
¿Irse? Por un abrumador momento Tara pensó que Adam creía que un día era suficiente, que estaba descalificada, mas antes de poder responder, él explicó:
