Prefiero mantenerla cerrada para evitar que personas extrañas se metan aquí -su sonrisa era inquietante al tomarle la mano y depositar en ella la llave antes de cerrarle los dedos-. Será mejor que te vayas, o me harás esperarte, Tara Lambert, y esa seria una mala marca en tu contra -la impulsó hacia el pequeño ascensor, dándole una palmada en el trasero-. A las seis y media. Ni un minuto después.

Tara todavía estaba furiosa al meterse en la ducha. ¿Quién diablos se creía él? ¿Cómo podía alguien trabajar para un hombre como ese? No obstante, la ordenada pila de libretas de taquigrafía en un anaquel le indicaba que su secretaria regular llevaba tiempo a su lado.

El agua la ayudó a borrar la tensión de los músculos del cuello. Adam la ponía a prueba, eso era todo. Trataba de comprobar que ella era lo que él afirmaba. Y si pensaba que ella usaba su cuerpo para asegurar un trabajo, pronto descubrirla lo equivocado que estaba.

Una sonrisa ligera apareció en las comisuras de los labios de la joven. Había sobrevivido el primer día. Había salido bien librada de las trampas que Adam le tendió. Sintiéndose más confiada, tomó una toalla y comenzó a secarse con energía.

Decidió usar un sencillo vestido negro tejido de manga larga y escote discreto. Se puso un pequeño broche de oro al hombro, trazándolo con un dedo. Era la versión taquigráfica de su nombre. Sería un recordatorio, un talismán para defenderse del agresivo atractivo de Adam Blackmore.

Un llamado firme a su puerta la hizo sacudir, viendo su reloj. Las seis y media en punto. Nunca lo dudó. Tomó su abrigo y fue a abrir.

– Muy apropiado -comentó él al apreciar su apariencia-. Vamos -Tara no comentó nada. Se vestía bien para trabajar. Sabía que en muchas oficinas el personal femenino vestía con mayor informalidad, hasta usaban jeans, pero ella tenía motivos muy personales para vestir tan formal como pudiera.

Adam la precedió por la escalera y la guió hasta un elegante Jaguar negro. Tara se permitió una sonrisa al ajustarse el cinturón de seguridad. Era justo el auto que ella imaginaba que un caballero del siglo XX conduciría. Un caballero negro. Reprimió una risita.



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