
– ¿Qué encuentras tan divertido? -preguntó él.
– Nada -ella movió la cabeza en sentido negativo.
Adam la observó un momento como si viera a una loca antes de poner el motor en marcha.
Durante el trayecto a Londres le explicó las causas y objetivos de reunión y qué notas quería que tomara.
Más tarde cuando regresaron, Adam condujo en silencio, inmerso en sus pensamientos, y directo a Victoria House, habiendo olvidado, pero sólo en apariencia, que Tara lo acompañaba. Ante la mirada interrogante de la joven, declaró:
– Necesito las notas que tomaste esta misma noche, Tara. ¿Cuánto demorarás en transcribirlas? -no se molestó en preguntar si podía quedarse. Lo daba por hecho.
– ¿Acostumbras hacer trabajar a tu secretaria hasta estas horas?
– ¿Ya fue demasiado para ti, Tara? ¿Después de todo te falta la madera necesaria?
– ¿Qué le pasa -insistió Tara, haciendo caso omiso a su pregunta-. A tu secretaria regular? -aclaró ante la expresión interrogante de Adam-. Jenny me dijo que está con licencia por enfermedad.
– Así que ya conociste a Jenny.
– Subió a verme. Tuvo la ocurrencia extraña de ir a darme la bienvenida, explicarme dónde está todo e indicarme algunos nombres que debo recordar -también se molestó en explicarle que Adam pocas veces intervenía en la conducción de los negocios de sus diversas empresas, dejando que los directores hicieran frente a los problemas diarios. Sólo participaba cuando lo estimaba necesario. Básicamente se ocupaba del desarrollo de nuevos proyectos.
– Ah, sí-Adam no se dejó amedrentar por la crítica implícita en el comentario de Tara-. Jane está… -se interrumpió y una sonrisa hizo brillar sus dientes blancos-. No debes preocuparte. Jane no sufre de un padecimiento contagioso -le aseguró al llevarla al ascensor.
