
– No me sorprende. No tienes puesto tu abrigo -Tara puso los brazos en jarras-. No has contestado a mi pregunta.
– No fue difícil. Sólo acudí a la biblioteca y consulté los listados electorales.
– ¡Santo Dios! -realmente el hombre era insistente- ¿Cuánto tiempo te tomó?
– Wmm. No mucho. Sabía que no vivías lejos de aquí pues te vi caminar, aun bajo la lluvia. Pero debo reconocer que soy muy afortunado de que vivas en Albert Mews y no en Washington Lañe.
– Pues tu suerte se acabó, Jim Matthews. Si no te vas en este momento, tendrás que prepararte para… -un violento golpe a la puerta la interrumpió. Pensó que tal vez fuera su vecina con una emergencia-. ¿Qué diablos…?
Pero se trataba de Adam Blackmore, quien entró como tromba cuando ella abrió.
– Tara, ¿estás bien? -la tomó de los brazos y la miró con detenimiento-. Cuando llegué a casa, recordé el informe que preparaste y fui por él a la oficina -hizo una pausa para recobrar el aliento, ya que era evidente que había llegado corriendo-. Entonces vi al hombre que te molestaba anoche. Venia para acá. Sé que dijiste que no es de peligro, pero quise asegurarme…
Se interrumpió al notar un movimiento detrás de la chica, comprendiendo que no estaba sola. Dio un paso al frente para protegerla y se detuvo al ver la actitud despreocupada de Jim, quien estaba cómodamente instalado en el sofá, con los pies sobre la mesa para el café y la taza de chocolate en las manos.
Con los labios apretados, Adam recorrió la habitación con la mirada, apreciando cada detalle. Al fin la posó en Tara… el cabello negro suelto a los hombros, descalza, vestida para la cama…
