
– Estaba preocupado -sus ojos tan fríos como un glaciar se encontraron con los de ella-. Pero veo que no debí hacerlo -esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos-. Te dije que él esperaría.
– Adam…
– Mis disculpas por la interrupción -murmuró él, mirando a Jim-. Te veré por la mañana, Tara -no había ninguna seguridad en sus palabras, ni en la forma en que cerró la puerta al salir.
Tara se volvió hacia el intruso, que, parecía tan inofensivo, tan insignificante, tan inconsciente del caos que había causado y el dolor que la invadía.
– Ciertamente, Jim Matthews -declaró con enojo-, eres el hombre más molesto que he tenido la mala fortuna de conocer -pero sus palabras no surtieron efecto. Jim Matthews poseía ese supremo egoísmo que no le permitía satisfacer más que sus propios deseos.
Y el daño estaba hecho. Molestarse con él jamás lo cambiaría. Pero cuando Jim repitió que debería casarse con él, ella estalló.
– ¿Es que no sabes escuchar? ¡No, no y no!
Algo en su expresión al fin pareció alcanzarlo, pues no discutió, cuando Tara insistió en que debía marcharse. Quizá debió hacerlo prometer que no volvería, pero estaba demasiado cansada y tal vez de nada serviría.
Capítulo 3
EL agotamiento le facilitó conciliar del sueño. Sin embargo, Tara tuvo que obligarse a abordar el ascensor privado de Adam Blackmore para que la llevara, demasiado rápido, al piso veintiuno a la mañana siguiente.
Hizo una aspiración profunda y alzó el mentón. Era inútil demorar el momento. Había hecho su mejor esfuerzo, pero hay ocasiones en las que las cosas jamás podrán resultar. Llamó a la puerta de la oficina de Adam y entró. Estaba vacía, lo que fue una gran decepción.
Molesta, fue a su propia oficina para encontrar en su escritorio una pila de correspondencia y una nota autoadherible fijada al monitor de su computadora. "Adelante, Tara. Te veré más tarde", era el mensaje escueto. Revisó la agenda de Adam, pero no halló alguna anotación que le indicara dónde podría estar él.
