Con el abrecartas, atacó la correspondencia, clasificándola. Parte de la misma ella podría contestarla, por su cuenta; para el resto, Adam tendría que darle instrucciones. Le llamó la atención especialmente un recibo de una clínica privada de Londres por haber atendido a la señora Jane Townsend. Esto, más que todo, necesitaría la atención personal de Adam, se dijo.

El teléfono sonó varias veces, sobresaltándola en cada ocasión pues creía que era Adam. Tomó mensajes, contestó preguntas cuando le fue posible y en caso de no poder hacerlo, averiguó quién podía atender el asunto. Poco a poco se daba cuenta de la magnitud del grupo empresarial controlado por Adam.

Estaba inmersa en la lectura del informe financiero anual del grupo cuando algo la hizo levantar la mirada.

Le fue imposible saber cuánto tiempo llevaba Adam observándola desde el marco de la puerta que comunicaba sus oficinas, pero su actitud le indicaba que ya tenía allí un rato.

– ¿Un poco de lectura durante tu hora del almuerzo? -preguntó él con tono burlón.

– ¿Ya es hora del almuerzo? -sorprendida, Tara miró su reloj-. No me di cuenta de que era tan tarde. La mañana ha pasado muy rápido.

– ¿De veras? Me alegro de que no te hayas aburrido. Trae tu libreta, me aseguraré de mantenerte ocupada el resto del día.

Tara le entregó la correspondencia y le dio los mensajes.

– ¿Esto es todo?

– Me hice cargo de la correspondencia de rutina. En la carpeta encontrarás copia de lo que ya contesté.

– Asumes demasiadas responsabilidades -comentó Adam al revisar la documentación.

– Me indicaste que siguiera adelante. Si quieres una simple mecanógrafa, la tendrás aquí en una hora.

– No lo dudo -murmuró Adam sin dejar de revisar la correspondencia-. Pero, por el momento seguiremos como estamos. Un día no es suficiente para saber sí llenas todos los requisitos, ¿no te parece?



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