Tara apretó los labios. ¿Qué era lo que el hombre quería? ¿Sangre?

– ¿Podrías darme una idea del tiempo que se requiere? Tengo un negocio que atender, recuérdalo.

Adam la contempló un largo momento, como si pudiera leer hasta el fondo de su alma. Luego regresó la vista a sus papeles.

– Hasta que Jane regrese.

Ella sintió que el calor invadía sus mejillas y bajó la vista a su libreta. La hora siguiente la pasaron en firme concentración hasta que fueron interrumpidos por una llamada en el teléfono privado de Adam, quien escuchó un momento e hizo una señal para que Tara se retirara.

– Eso es todo por el momento -le indicó.

Con un suspiro de alivio, la joven regresó a su escritorio.

– Tara -el llamado unos minutos después la sobresaltó-. Haz reservaciones para dos personas en un vuelo a Bahrein para el martes de la semana próxima.

– ¿En dónde quieres alojarte? -buscó libreta y lápiz.

– Nuestros anfitriones se encargarán de eso. Sólo ocúpate de los vuelos.

– De acuerdo. ¿Quién te acompañará?

– Tú, querida.

Por la excesiva presión, Tara rompió la punta del lápiz sobre el papel.

– ¿Sucede algo?

– No -Tara pasó saliva con dificultad-. Claro que no.

– No creí que fuera un problema -Adam sonrió. Tu deseo de trabajar para mí debe de ser muy fuerte. Me preguntó cuánto estás dispuesta a soportar.

– Supongo que hasta el viaje a Bahrein -le espetó ella, cortante-. Pensaba que Jane estaría de regreso la semana próxima.

– Me conmueve tu actitud -manifestó él con ironía-. Pero no tienes por qué preocuparte. Lo de Jane no es grave, aparte de su presión que está un tanto elevada. No está enferma, Tara. Está embarazada.

– ¡Embarazada! Creía… -la joven se interrumpió. Lo que creía era tan absurdo, que ni siquiera encontraba la palabra para describirlo. El alivio la hizo sonreír-. Esa es una buena noticia. ¿Estás seguro?



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