
– Sé todo lo referente a enamorarse, Beth. Lo que Adam Blackmore quiere, nada tiene que ver con el amor. Al menos no del amor "hasta que la muerte los separe"-y ese era el único amor que a ella le interesaba.
La mirada de Beth fue a la foto sobre la chimenea.
– Te refieres a que no es un adolescente sino un adulto y no se; conformará con tomarte de las manos y mirarte a los ojos, por hermosos que sean – Beth encogió los hombros-. Entonces, toma las" precauciones debidas y diviértete. Cuando te rompa el corazón, al menos sabrás que estás viva -concluyó. Tara palideció y Beth se levantó para ir a tomar a su amiga de las manos-. Lo lamento, mi boca habla antes de conectarse con la mente. Una vez más -Tara sólo movía la cabeza sin poder hablar-. Será mejor que me vaya -Beth pensó en agregar algo más, pero decidió en contra-. No te preocupes por la oficina. Todo está bajo control.
Tara también estaba bajo control. Se mantuvo demasiado ocupada para preocuparse de los motivos de Adam durante los días siguientes. Al menos él había dejado de tratarla como a una secretaria inexperta y la carga de trabajo previa al viaje fue tal, que ninguno de los dos tuvo tiempo para enfrentamientos verbales. Ella tampoco se quejaba de las horas adicionales de labores. Por el contrario, se alegraba de poder mostrarle a Adam de lo que era capaz.
Ya era tarde el lunes cuando llevó la carpeta que contenía las propuestas a la oficina de Adam. Este apartó la vista de su terminal de computadora y se volvió con el entrecejo fruncido.
– ¿Qué haces aquí? Creí que te habías ido hace varias horas.
– Dijiste que querías los documentos esta misma noche. Acabo de terminar de ordenarlos.
– Muy bonitos, pero mañana habría estado bien -comentó él con tono indolente, sonriendo al ver los labios apretados de Tara, única muestra visible de su enojo. Los dos sabían que su avión despegaba antes de las diez-. ¿Ya cenaste?
