
– ¿Cenar? -la pregunta era como si Tara no conociera el significado de la palabra.
– Parece que no -comentó él con tono seco-. Me alegro. Lo harás conmigo.
Tara se retrajo, furiosa por haberse delatado con una sola palabra, revelando el efecto que Adam provocaba en ella.
– En realidad no creo que deba hacerlo. Tengo que ir a casa a preparar mi maleta.
Adam pareció no oírla, o fingió no hacerlo. Apagó la computadora y rodeó el escritorio, sin dar muestras de verla dar un paso atrás.
– Me alegro de que todavía estés aquí. Quiero revisar los últimos detalles del viaje, así que puedes llamarla una cena de trabajo. Estoy seguro de que tu novio comprenderá. Tendrá que cocinar su propia cena.
– Si te refieres a Jim, te aseguro que él cocina su propia cena todas las noches.
Después de hacerla retroceder hasta el muro, Adam tomó el abrigo de ella del perchero, la envolvió en él y fue a solicitar el ascensor.
– Entonces, ¿no vive contigo?
– ¡No, no vive conmigo!
– En ese caso, me aseguraré de que nuestra gente de seguridad vigile tu apartamento en tu ausencia.
– No hay necesidad.
– Yo seré quien determine eso.
– Gracias -ella estaba demasiado cansada para discutir. Llevaba tres días trabajando a toda su capacidad y lo único que quería era irse a dormir.
El ascensor los dejó en el vestíbulo del edificio y por la escalera eléctrica bajaron al nivel de la calle para entrar en el restaurante-bar. La camarera rubia espigada tomó sus órdenes y desapareció.
– ¿Alguna vez has estado en el Medio Oriente, Tara? Es interesante -agregó Adam ante la negativa de ella-. La gente es muy amistosa, en especial los hombres. Te vendrá bien. Tal vez hasta consigas… algunos clientes.
– ¿Cómo le rompiste la nariz, Adam? -preguntó ella después de mirarlo airada.
– No fue un marido enfurecido, si eso es lo que estás pensando -él se frotó la nariz.
