– No, más bien esperaba que fuera una secretaria enfurecida -ella se puso de pie-. Todavía puede ocurrir. Me temo que esta noche tendrás que comer los dos filetes, Adam. De pronto perdí el apetito.

Salió del restaurante apresuradamente y una vez en la calle empezó a correr, desesperada por llegar a casa, apenas consciente de las lágrimas que amenazaban con escapar de sus párpados.

– ¡Maldito, maldito, maldito! -se apoyó contra la puerta de su apartamento. ¿Por qué diablos tenía que tratarla como si fuera una cualquiera? Nada había hecho ella para merecerlo. Nada, excepto responder a su beso esa primera fatídica noche.

Con un sollozo buscó la llave en su bolsillo. No la encontró. Desolada, gimió. Estaba en su bolso de mano y éste se encontraba sobre su escritorio en la oficina. Bajó la escalera y fue a llamar a la puerta de su vecina. No obtuvo respuesta. Con seguridad la susodicha regresaría tarde. Bravo por su decisión de dejarle un juego de llaves a la vecina para una emergencia.

– ¡Esta es una emergencia! -gritó, golpeando la puerta con violencia. Necesitaba desahogar su frustración.

Con renuencia, se obligó a regresar al restaurante y se sentó frente a Adam.

– ¿Cambiaste de opinión? -preguntó él con una sonrisa burlona.

– No, no lo hice. Dejé mi bolso en la oficina. No es gracioso -protestó ante la risa de Adam.

– Sí lo es. Es un alivio que la perfecta… la infalible señorita Lambert sea capaz de olvidar algo.

– Si no me hubieras sacado tan rápido de la oficina…

– No importa -la interrumpió él-. La caminata debe de haberte despertado el apetito.

– Sólo quiero mi bolso, Adam.

– Entonces, tendrás que sentarte a verme cenar. Me parece una lástima dejar esto -los alimentos llegaron en ese momento, demostrando que Adam no se molestó en cancelar la cena de Tara, seguro de que regresarla.

– ¿Vas a mantenerme aquí contra mi voluntad? -inquirió la joven.



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