
– Por supuesto que no. Estás en libertad de hacer lo que quieras -Adam tomó el tenedor con una sonrisa socarrona-. Te llevaré tu bolso cuando termine.
– No tienes que dejar tu cena. Sólo préstame tu llave del ascensor.
– Vaya, vaya. Este sí que es un cambio. Por norma, no te cansas de estar a mi lado.
– Eres insufrible, Adam Blackmore -siseó Tara.
– Lo sé -respondió él con una sonrisa cínica-. Y no tienes idea de la alegría que me produce verte sufrir. Lo tolerabas tan bien, con tanta nobleza, que estaba a punto de perdonarte. Es una lástima que lo arruinaras todo con este arranque temperamental. Ahora tendrás que empezar de nuevo.
– ¡No he hecho algo de lo que debas perdonarme!
– ¿No? Pues en ese caso considéralo una grave caso de envidia. Yo tuve que esforzarme mucho para iniciar mi negocio, Tara. No tenía unos ojos castaños y una boca que enloqueciera a cualquiera para ganarme un sitio en el consejo directivo -creyendo haberla hecho callar por fin, continuó-: Te daré tu oportunidad. Te la habría dado si hubieras llamado a mi puerta y hablado conmigo. Todo el mundo merece eso. Pero tú trataste de usar un camino corto y ahora tendrás que esforzarte al doble para demostrar tu rabia.
Tara parpadeó. Ya creía estar haciéndolo. Sabía que era demasiado tarde para explicarle lo de Jim. Demasiado tarde para explicar cualquier cosa. Sólo empeoraría la situación, si es que eso era posible. Pero ella se había metido en el lío y la única forma de salir era con su trabajo, y a eso nunca le tuvo miedo.
– Trato hecho, Adam Blackmore -tomó el tenedor y el cuchillo, y al cortar el primer trozo del filete, descubrió que estaba muerta de hambre. Lo que Adam Blackmore hiciera con Jane, no era de su incumbencia, se dijo. Siempre que él aceptara que su relación no era más que por negocios, podría salir adelante. Las lamentaciones eran inútiles, así que durante la cena se concretó al hablar del inminente viaje.
