
Lo que faltaba…
La mujer permaneció inmóvil, aunque sus bonitos ojos verdes se desviaron hacia esa cosa orejuda y de cola larga. Evidentemente, se trataba de un animal, de una mascota, pero como estaban en el sur de California, el bicho, cuyo tamaño estaba a mitad de camino entre un conejo y una cobaya, no era ni un gato ni un pájaro ni un pez de colores. No se trataba de un tipo de vida animal, domesticada o salvaje, que la gente normal que vive en un entorno normal espera encontrar en el transcurso de una jornada normal.
Rory pensó en negar que conocía la existencia de esa mascota, pero todos los que lo conocían sabían que se enorgullecía de ser un hombre responsable.
– No le hará daño -aseguró. Caminó despacio hacia Jilly y maldijo mentalmente a su hermano, que era quien había llevado el condenado bicho a Caidwater-. Es una chinchilla.
Kincaid se aproximó un poco más y la mujer arrugó el entrecejo. Rory le puso una buena puntuación por su valentía, ya que mantuvo el cuerpo inmóvil, como si fuera una escultura de hielo.
– ¿Está seguro? -Rory pensó que la mujer intentaba mantenerlo todo quieto, ya que cuando habló apenas movió la boca. Como no gesticuló demasiado, Rory se fijó en que su boca era suave y de labios gruesos-. ¿Conoce a este animalito?
– Beso -respondió Rory.
Los ojos verdes se clavaron en él y el tono sonrosado de las mejillas de la muchacha hizo juego con el rosa de su boca.
– ¿Qué ha dicho?
– Es la mascota de mi tía. Se llama Beso. He propuesto que le cambiemos el nombre por el de Houdini, pero no ha querido saber nada.
