Le resultó imposible no notar la cálida sensación que el cabello de Jilly provocó en su mano… y le pareció inaceptable. Por eso, cuando Beso hizo un último intento desesperado por aferrarse a la joven, Rory volvió a apretar los dientes y cogió firmemente a la mascota. Con un último chillido, la chinchilla abandonó el enredo de la cabellera de Jilly convertida en una contrariada perdedora.

– ¡Misión cumplida! -exclamó Rory triunfal, y retrocedió para ver cómo reaccionaba la mujer.

En lugar de agradecida, Jilly estaba azorada. Rory no la censuró porque entonces le quedara menos vestido que al llegar a la mansión. Al parecer, la lucha entre el hombre y la bestia había dado por resultado que el vestido se rasgase. Jilly aferraba el corpiño con una mano y el extremo de un tirante roto con la otra. Rory sabía lo suficiente sobre la ley de la gravedad como para ser consciente de que las manos de la joven eran lo único que impedía que transgrediese las normas del decoro.

Súbitamente los titulares de la prensa sensacionalista cobraron vida en la mente de Rory y tuvo la sensación de que le amargarían la existencia.

– Necesito que entre en casa -musitó en tono apremiante.

Las cosas ya estaban bastante mal cuando la mujer lucía el descarado vestido… ¡del que ahora solo quedaba la mitad! Deseosos de sacar provecho de los rumores sobre sus aspiraciones políticas, hacía semanas que reporteros y fotógrafos rondaban la zona, y los teleobjetivos eran algo poderoso y perverso. No debía acompañarla hasta el coche. Era mejor que no la viesen salir de Caidwater hasta sujetar el vestido con clips o agujas.

Con una mano, Rory mantuvo a Beso sobre su pecho y con la otra aferró a Jilly del brazo y la condujo hacia la casa.



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