– Por aquí.

Jilly lo siguió hasta que llegaron al final de la escalinata que desembocaba en la puerta. Una vez allí se detuvo y ladeó la cabeza para contemplar las tres plantas de paredes de estuco rosado.

– ¡Qué curioso, parece una fortaleza árabe!

Rory la urgió a continuar; en ese momento no le interesaba admirar la residencia. En su opinión no era más que lo que parecía: un palacio de ensueño, caprichoso y exageradamente lujoso.

– Ocupa tres mil metros cuadrados -informó con toda la naturalidad del mundo-. Tiene cuarenta y cuatro habitaciones, incluida una piscina cubierta, para no hablar de los ocho jardines ni de las hectáreas de tierra sin cultivar. Una cascada de treinta metros cae sobre el cañón, en el que hay un estanque para canoas; también dispone de pistas de tenis y un campo de golf de nueve hoyos.

En lo más alto de la cadena de colinas que rodeaban Hollywood y protegida por palmeras adultas y eucaliptos de la mirada de los seres corrientes que vivían en el valle, Caidwater era el campo de juegos de un rico; un campo de juegos que ahora estaba atado al cuello de Rory con el nudo corredizo del verdugo.

No era de extrañar que tuviese la sensación de que se ahogaba.

Con la mano en el picaporte, Rory hizo un alto antes de hacerla pasar a la entrada principal. Recapacitó y llegó a la conclusión de que lo mejor era evitar al servicio.

Sin dar la menor explicación, Kincaid se apartó de la puerta principal y, sin dejar de sujetar a Jilly del codo, atravesó rápidamente la verja que conducía a una terraza lateral. La muchacha trotó a su lado y se las apañó a pesar de los absurdos tacones y de tener que luchar por mantener el vestido en su sitio. Rory no se atrevió a correr el riesgo de soltarla hasta que llegaron a una puerta lateral. Cuando abrió, el aire fresco y el olor a aceite caro, con aroma a limón y alcohol, escaparon a través del hueco de la puerta.



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