
Sin dejar de sujetar los restos del vestido, Jilly lo precedió, franqueó la puerta y miró a su alrededor con ligera curiosidad.
– ¡Caramba! Piscinas, un estanque para canoas y cuarenta y cuatro habitaciones. Parece exactamente lo que un déspota podría desear.
Rory se quitó las gafas de sol y entrecerró los ojos. Tras ese comentario tuvo la sensación de que la joven había conocido a su abuelo. Rechazó la idea y la condujo a la biblioteca que había convertido en su despacho. Los estantes empotrados cubrían las paredes y estaban ocupados por miles de libros encuadernados en cuero, textos que jamás se habían leído, volúmenes vendidos junto con la casa comprada por Roderick en 1939.
– Espere aquí -pidió Rory, y señaló una silla-. Tardaré un minuto en encerrar al animal.
En cuanto Beso estuviera en su jaula, Rory encontraría la manera de cubrir decentemente a la mujer y agradecerle que se hubiera tomado la molestia de dedicarle un rato; luego seguiría buscando la forma de deshacerse de la ropa. Bastarían cien pavos para que esa chica se largase contenta y con las manos vacías.
– ¿Le molesta que lo acompañe?
Rory se detuvo ante la puerta que conducía al resto de la casa. Miró por encima del hombro y estuvo a punto de atragantarse de desesperación. No era necesario que sufriera un ataque de pánico ni que la llevara al interior de la casa, pues ella ya se había arreglado el vestido.
Evidentemente la joven reparó en la dirección de su mirada y esbozó una sonrisa antes de explicar:
– Un viejo amigo de la familia perteneció a la marina. -En un abrir y cerrar de ojos, había enlazado el tirante roto con algo del interior del corpiño del vestido y lo había anudado-. Creo que lo llaman nudo marinero. -Preocupada, Jilly se mordió el labio inferior-. Bien, ¿puedo acompañarlo?
Rory apartó la mirada del nudo del tirante y de la boca de la mujer y consultó el recargado reloj de pared, situado tras ella.
