
– Mi tía está durmiendo -contestó-. No quiero molestarla.
Rory reprimió el escalofrío que experimentó ante la mera posibilidad; su tía ya era bastante arisca sin necesidad de despertarla.
– Me encantaría ver el resto de la casa -se apresuró a decir Jilly.
Kincaid enarcó las cejas. La chica no se había mostrado excesivamente impresionada cuando minutos antes le había descrito la mansión. De todos modos, deseaba deshacerse de ella con el menor jaleo posible, si bien reconocía que había cometido el error de hacerla entrar. Cabía la posibilidad de que, si hacían un recorrido rápido, la curiosidad de la mujer quedase satisfecha… o se llevara un chasco.
Caidwater ya no estaba a la altura de su fama. A diferencia de lo que había sucedido en el pasado, hacía tiempo que los agentes de Hollywood, decadentes y medio ebrios, no deambulaban entre las mesas de billar ni remojaban sus sobrevalorados cuerpos en la humeante piscina de burbujas. Los únicos aspirantes a estrellas, falsos y ambiciosos que deambulaban por los pasillos eran los amargos fantasmas que poblaban la mente de Rory.
– De acuerdo, vamos -propuso. Echó a andar por el pasillo y señaló el impresionante espacio que se abría al otro lado de la extensión cubierta con baldosas-. El acogedor salón -comentó con ironía.
El artesonado estaba cubierto con pan de oro, las paredes estaban revestidas con maderas primorosamente talladas y había una chimenea de piedra capaz de albergar a una orquestra de pocos miembros. Si la memoria no le jugaba una mala pasada, durante una fiesta demasiado concurrida es lo que sucedió.
En lugar de detenerse a evaluar la respuesta de la mujer, Rory siguió caminando, señaló el comedor y a continuación la entrada a la sala de cine, con aforo para cien personas.
– Allí está el ascensor -añadió, señaló otras puertas de madera rebuscadamente talladas y se desvió hacia la escalera de caracol, de roble.
