Jilly aferró con una mano la falda del vestido y subió peldaño a peldaño junto al dueño de casa. Se mantuvo a su lado hasta que Rory se detuvo ante una puerta cerrada del primer piso.

– Es la habitación de mi tía -susurró-. Entraré y meteré a Beso en la jaula.

Jilly asintió y volvió a morderse el labio inferior.

Rory contuvo el aliento y entró. Su tía ocupaba una suite de dos habitaciones, el cuarto en el que estaba y el dormitorio situado al otro lado de la puerta cerrada. Caminó de puntillas entre varios objetos de su tía desparramados por el suelo, como una colcha de ganchillo, dos libros y un par de instrumentos musicales que usaba para entretenerse, y avanzó sin hacer ruido hasta la jaula de Beso. Con movimientos precisos y silenciosos introdujo la chinchilla, que no cesó de retorcerse, y cerró firmemente la puerta de la jaula. Aún no había logrado desentrañar cómo se las apañaba Beso para escapar, y su tía afirmaba que no lo sabía.

Lanzó una mirada furtiva en dirección al dormitorio de su tía, albergó desde lo más íntimo la esperanza de no haberla despertado, se volvió hacia la puerta que comunicaba con el pasillo y caminó deprisa y en silencio.

Se movió sin hacer ruido hasta que con las prisas pisó una pandereta. Aunque permaneció inmóvil, el instrumento se deslizó agoreramente por la alfombra oriental, chocó con la pared de yeso con bastante impulso y produjo sonidos suficientemente estrepitosos como para despertar a los muertos.

¡Mierda!, dijo para sus adentros.

Rory tensó los hombros y se preparó para las previsibles consecuencias, que no tardaron en llegar.

– ¡Eh! -exclamó una voz, en principio quejumbrosa, si bien enseguida se fortaleció-. ¡Eh! -Como no obtuvo respuesta, la voz se tornó más estentórea y quejica-. ¿Quién anda por ahí?

Rory hizo una mueca y procuró disimular el ligero sudor que cubría su piel. Se obligó a esbozar una sonrisa conciliadora, tragó aire y se acercó al dormitorio de su tía. No se sorprendió cuando, repentinamente, notó que Jilly Skye estaba a su lado. Sabía a la perfección que era imposible pasar por alto la voz de su tía.



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