
Rory volvió a respirar hondo, abrió la puerta con delicadeza y se dispuso a hablar con su tía, que estaba sentada en la cama con dosel, cubierta con su camisón de encaje. La huella de la almohada marcaba su mejilla y la expresión de contrariedad torcía sus labios hacia abajo. El magnate tragó saliva y musitó:
– Iris…
La expresión de contrariedad se trocó en una mueca monstruosa.
– He dicho que quiero que me llames…
– Tía -se apresuró a añadir Kincaid, y levantó la mano, como si quisiera contener el malestar de la niña-. Lamento haberlo olvidado.
La pequeña levantó la barbilla con actitud de emperatriz y Rory notó que miraba a la mujer que se encontraba a su lado.
– ¿Quién es? -quiso saber, y la señaló con el dedo, como una reina que asiste a decapitaciones.
Rory esbozó una sonrisa de resignación y se volvió ligeramente. La expresión de Jilly Skye era de curiosidad, sorpresa y algo más que no consiguió desentrañar.
– Señorita Skye, quiero presentarle a mi tía Iris Kincaid. Iris, te presento a la señorita Jilly Skye.
Como si cada día saludase a crías de cuatro años que eran las tías ariscas y exigentes de hombres de treinta y dos, Jilly recorrió la mullida alfombra blanca y estrechó la mano de Iris.
A Rory le costó creer lo que veía. Hacía un mes, cuando conoció a la niña, temió que le mordiera, miedo que aún no había desaparecido. Sin embargo, Jilly no parecía recelar de Iris. Es más, sin que se produjeran incidentes fue a buscar y le entregó el vaso de agua que la cría pidió.
Rory se mantuvo en la seguridad relativa de la puerta del cuarto de juegos y su sorpresa se convirtió en perplejidad cuando Jilly acomodó a Iris en su nido de edredones ligeros. Jilly se despidió con un ligero ademán, al que Iris respondió soñolienta, y luego salió al pasillo.
