
Poco dispuesto a correr riesgos, Rory cerró la puerta del cuarto de juegos con todo el cuidado del mundo.
Los ojos de la joven brillaban cuando comentó:
– Es una niña adorable.
Al principio Rory pensó lo mismo. Iris tenía una preciosa y dorada cabellera y los famosos ojos azules de los Kincaid. Claro que su personalidad, al menos en lo que a él ser refería, era más de barracuda que de beldad infantil.
– Apenas hemos comenzado a conocernos -comentó Rory de forma poco comprometedora, y se dirigió hacia la escalera-. No la conocí hasta que murió su padre, es decir, mi abuelo. Ahora soy su tutor.
– ¿Su tutor? -inquirió Jilly en un tono cargado de curiosidad.
– El abuelo la dejó a mi cargo -respondió Rory-. Está bajo mi responsabilidad, aunque le aseguro que todavía no he acabado de acostumbrarme a la idea.
Rory sabía que los niños necesitan estabilidad y que él era el mejor y el único Kincaid capaz de proporcionársela.
Su mentor, el senador Fitzpatrick, se frotó las manos al conocer la noticia; aseguraba que criar una «hija» fomentaría en la mente de los electores la imagen de Rory como amante de la familia.
Esos pensamientos le recordaron todo lo que tenía que hacer antes de la impresionante fiesta para recaudar fondos que se celebraría al mes siguiente. Las tareas incluían sacar de la casa los condenados trajes y vestuario, por lo que volvió a experimentar la sombría sensación de que un naufragio estaba a punto de producirse.
Desvió la mirada hacia Jilly mientras la conducía de regreso a la biblioteca. Echó un único vistazo al rutilante vestido de noche y a la generosa parte de arriba de su cuerpo, apenas ocultada, y recordó que, en el mejor de los casos, esa mujer era una excéntrica y, en el peor, una influencia negativa para su tía.
Había compartido suficientes experiencias con mujeres excéntricas y negativas como para no querer saber nada de ellas durante el resto de su vida.
